martes, 5 de abril de 2011

Cine XXX


El debate sobre los límites y diferencias entre lo erótico y lo pornográfico tal vez podría zanjarse con la respuesta de Picasso a Penrose “Ah, ¿hay alguna diferencia?”

Se define como cine erótico a aquel que tiene por objeto despertar el deseo sexual, sin embargo, si fuera así el cine pornográfico debería ser un subgénero del erótico y no su contraposición.

Sin embargo, hay quien señala que el cine erótico despierta la sensualidad mediante alusiones o metáforas mientras que las películas pornográficas reproducen con franqueza y sin disimulo los genitales durante el acto sexual y buscan directamente excitar al espectador. En este sentido, señalan los más exquisitos: el erotismo es arte y lo pornográfico es obsceno y, por lo tanto, de mal gusto.

Si aceptamos este último razonamiento, nos encontramos con un problema doble, sólo existen definiciones subjetivas y pasajeras de lo que cada cultura o individuo considera arte y pornográfico. En este momento y espacio, una pantorilla femenina desnuda como ícono de obscenidad nos parece francamente risible, mientras que a finales del siglo XIX habría sido escandaloso.

El filme pornográfico o erótico nace casi al unísono de la tecnología: William Kennedy Dickson, antiguo colaborador de Edison, inventó el mutoscope, una máquina de proyección individual que contenía una película enrollada en un tambor que se hacía girar mediante una manivela. Entre las películas que podían verse se contaban algunas de mujeres desnudándose como "Lo que el mayordomo vio", uno de los primeros y más famosos rollos de pornografía de esos años y que bautizó al propio invento de Dickson.

La primera película pornográfica para proyección en pantalla fue producida por Eugène Pirou y Albert Kirchner en 1896 y sólo mostraba un tímido striptease, pero para 1910, las cosas ya se habían calentado: “Am Abend” (Alemania, 1910) muestra una mujer masturbándose y también practicando sexo vaginal, oral y anal con un hombre.

Aunque durante las primeras décadas del cine, la pornografía era terreno prohibido, las escenas sugerentes fueron medianamente toleradas hasta la década de los treinta cuando el infame Código Hays condenó casi cualquier muestra de erotismo: las escenas de pasión sólo podían mostrarse cuando fueran indispensables; no se podían mostrar besos ni abrazos lascivos, poses o gestos sugestivos; la exhibición del cuerpo (incluido el ombligo) estaba prohibida, así como la danza, el adulterio o el comportamiento sexual ilícito. Estas estrictas reglas obligaron a más de un cineasta a hacer malabares para sortear la censura y crear un paralenguaje sensual de miradas, manos entrelazadas, música y otros simbolismos para esconder sexualidad, fetichismos y perversiones.

La intolerancia al erotismo se mantuvo hasta bien entrados los años sesenta, pero el cambio de mentalidad para encarar la sexualidad contribuyó a levantar la prohibición sobre las películas porno soft (juegos sexuales sin penetración) y para finales de los setenta, incluso el hardcore había sido autorizado.

Destaca de esta época, la icónica “Garganta Profunda” (Gerard Damiano, 1972), la creación de la clasificación “XXX” y de salas especializadas de exhibición.

Para los años ochenta, el cine porno migró hacia los medios digitales y el internet que ofrecen inmediatez y discreción para el espectador y producciones más económicas que favorecen la multiplicación del porno de baja calidad.

Este fenómeno coincidió con la renovación del cine erótico, Passolini (“Saló o los 120 días de Sodoma”, 1975), Polanski (“Luna Amarga”, 1992), Cronenberg (“Crash”, 1996) ofrecieron una nueva dimensión a la sensualidad y muchas películas actuales incluyen sexo explícito sin que por ello se les tache como pornográficas como “Los Idiotas” (Lars von Trier, 1998), “Romance X” (Catherine Breillat, 1999) o la inclasificable, pero divertidísima “Shortbus” (John Cameron Mitchell, 2006).

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